Nigeria, el país más peligroso para ser cristiano

Fe, martirio y misión en el epicentro de la persecución

Cuando un sacerdote nigeriano en Dallas tuvo que huir de su parroquia en Nigeria después de que un grupo armado asesinara a su jardinero frente a él para darle una “lección”, la noticia lejana se convierte en una tragedia muy cercana.

Esta historia, compartida por José Manuel De Urquidi en el podcast “Descifrando a León”, es el rostro de una realidad que el Papa León XIV ha puesto sobre la mesa: Nigeria se ha convertido en el lugar más peligroso del planeta para profesar la fe cristiana.

Como explicó detalladamente la analista vaticana Inés San Martín, la violencia no responde a una única causa, sino a una tormenta perfecta de terrorismo, conflictos étnicos y una perversa motivación económica que pone en el punto de mira a los misioneros y sacerdotes católicos.

La denuncia del Papa sobre la masacre de 200 cristianos en Yelwata es solo el último capítulo de una guerra silenciosa. “A mí en particular me llama mucho la atención porque Nigeria es, técnicamente hablando, en proporción de población el país de África que más cristianos tiene”, señaló San Martín.

Cerca de la mitad de sus más de 200 millones de habitantes son cristianos, lo que hace aún más sangrante que sea el epicentro de la persecución.

La analista desglosó las dos principales fuentes de violencia. Por un lado, el grupo terrorista Boko Haram, cuyo nombre se traduce como “la educación occidental es pecado”. Para ellos, la Iglesia Católica y sus sacerdotes son un “infiltrado occidental” y un enemigo ideológico.

Por otro lado, están los pastores fulanis, nómadas yihadistas que, en un conflicto por tierras y recursos, atacan sistemáticamente a las comunidades agrícolas, en su mayoría cristianas. “Vienen, toman una región, asesinan a los cristianos, se quedan con sus cosas… y cuando llegó el momento de moverse hacia la siguiente región, se mueven y hacen lo mismo”.

Sobre esta base de odio ideológico y conflicto territorial se asienta un cruel modelo de negocio: el secuestro. “Durante un período de varios meses un sacerdote, un seminarista o un misionero eran secuestrados por semana”, documentó Ayuda a la Iglesia Necesitada.

Los terroristas “están convencidos de que el Vaticano les va a enviar dinero para pagar un secuestro”. Esta creencia, aunque falsa, convierte a cada religioso en un objetivo de alto valor.

La respuesta de la Santa Sede es una política de no negociación, una decisión dura pero necesaria. Inés San Martín lo explicó con claridad: “No porque promueva el martirio, sino porque también acepta que el martirio es parte de la realidad de los católicos, por un lado, y por otro lado, porque sabemos que cuanto más se paga por los secuestros, más gente se secuestra”. Es una lógica terrible que busca cortar la fuente de financiación del terrorismo, aun a costa de la vida de sus propios misioneros.

Y sin embargo, en medio de este infierno, la fe florece de manera heroica. La gran mayoría de los sacerdotes y religiosos no se van. “El caso puntual de tu vicario en tu parroquia es un…”, le decía Inés a Urquidi, dejando la frase en el aire para subrayar que su huida fue una excepción forzada por un peligro mortal. Lo normal es quedarse.

Su permanencia es la encarnación de la misión evangelizadora de la Iglesia: estar con el pueblo, sufrir con él, y ofrecer la esperanza del Evangelio incluso cuando la única recompensa aparente es la muerte.

La denuncia del Papa León XIV no es solo un acto diplomático; es un llamado a la conciencia de toda la Iglesia. Nos obliga a mirar a nuestros hermanos en Nigeria, a rezar por ellos, a apoyar a organizaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada, y a reconocer en su testimonio una interpelación directa a nuestra propia fe.

El martirio, que para muchos parece una realidad de los primeros siglos, está ocurriendo hoy, y la sangre de los mártires nigerianos, como solía decir el Papa Francisco, es semilla de nuevos cristianos.