El Jubileo de 1825: La prueba de fe (casi) imposible del Papa León XII

Imagina un Papa que decide celebrar un Jubileo cuando todos le dicen que es una locura: los gobiernos europeos lo desaconsejan, su propia curia alega falta de dinero y la seguridad en los caminos a Roma es un caos. Ese fue León XII en 1825, un pontífice tan valiente como su larguísimo nombre: Annibale Francesco Clemente Melchiorre Girolamo Nicola della Genga.

Como nos transportó el experto Javier Martínez-Brocal en el segmento ‘Archivo de los Leones’ del podcast ‘Descifrando a León’, el de 1825 fue el único Año Santo que se celebró en todo el turbulento siglo XIX. Tras la Revolución Francesa, muchos monarcas le advirtieron al Papa que “nadie iría” y que la Iglesia ya no le interesaba a la sociedad. Pero León XII, contra todo pronóstico, siguió adelante.

Su audacia no se quedó ahí. Impuso unas condiciones para ganar la indulgencia que hoy nos parecerían una auténtica maratón espiritual: los peregrinos que llegaban de fuera de Roma debían visitar las cuatro basílicas mayores 15 veces cada una. ¿Y los romanos? El doble: ¡30 visitas a cada basílica! Para complicarlo todo, la Basílica de San Pablo Extramuros se había incendiado dos años antes, por lo que fue sustituida en el recorrido por la de Santa María en Trastevere.

A pesar de los malos augurios, el Jubileo fue un éxito rotundo. El Papa había preparado espiritualmente la ciudad limitando el horario de las tabernas y prohibiendo los bailes. Ante la falta de fondos vaticanos para acoger a los peregrinos, ocurrió algo maravilloso: la alta sociedad romana se implicó de lleno, y las damas de la aristocracia compitieron entre sí para ver quién recibía con más generosidad a los miles de fieles que acudieron a la llamada de este Papa valiente. Una verdadera lección de fe y hospitalidad.