
Entre el límite legal de los 120 electores, la necesidad de dar peso ejecutivo a la Curia y los rumores de un consistorio que divide opiniones, se perfila el rediseño del colegio que elegirá al futuro pontífice.
El sonido de los rumores en los pasillos de la Santa Sede suele tener una acústica peculiar: a veces nacen como murmullos interesados en capitales lejanas y otras veces son globos sonda lanzados desde el propio corazón de la Curia Romana. En las últimas semanas, los teléfonos de los periodistas acreditados ante el Vaticano no han parado de sonar con una pregunta recurrente: ¿anunciará de forma inminente el Papa León XIV la creación de nuevos cardenales?
La cuestión trasciende la simple curiosidad eclesiástica. En la Iglesia Católica, la creación de cardenales no equivale a un sacramento ni a un ascenso de rango ministerial sacramental; se trata de una designación pontificia que confiere a un selecto grupo de clérigos la doble misión de asesorar de cerca al sucesor de Pedro y, llegada la hora, encerrarse en la Capilla Sixtina para definir el destino del orbe católico.
Sin embargo, tal como se analizó detalladamente en el podcast de Juan Diego Network, Descifrando a León, el peso de los purpurados bajo el actual pontificado ha adquirido una dimensión operativa que rompe con la dinámica de las últimas décadas.
Un cambio de paradigma: de la corte silenciosa a la consulta real
Para entender por qué el próximo consistorio despierta tanta expectación, es indispensable observar el método de gobierno de León XIV. Durante décadas, la relación entre el Papa y el Colegio Cardenalicio osciló entre la solemnidad protocolaria y los encuentros esporádicos.
Los consistorios extraordinarios convocados específicamente para debatir problemas de fondo habían sido contados, y la capacidad de los purpurados para influir de forma colegiada en la agenda cotidiana solía diluirse frente al poder de la Secretaría de Estado.
Con León XIV, la estructura ha girado hacia un modelo donde los cardenales vuelven a ser asesores activos en el gobierno ordinario. El Papa los está reuniendo una o dos veces por año de manera formal para someter a su consideración las grandes líneas de reforma, escuchar posturas encontradas y confrontar decisiones de calado institucional.
Como explicó Javier Martínez-Brocal, esta modalidad transforma por completo el perfil del cardenal moderno: ya no se trata únicamente de un elector pasivo que espera en su diócesis la llamada a un cónclave futuro, sino de un consejero en ejercicio constante. Los nombres que reciban el birrete rojo en los próximos meses no solo marcarán la pauta de una eventual sucesión, sino que incidirán directamente en las decisiones doctrinales, administrativas y pastorales del presente inmediato.
Frente a las especulaciones de medios internacionales que daban por sentado un anuncio público inmediato, los datos objetivos imponen una lectura más reposada.
En la conversación del podcast de Juan Diego Network, Descifrando a León, Javier Martínez-Brocal desgranó la aritmética canónica que rige al Colegio Cardenalicio. La normativa universal fijada por San Juan Pablo II establece un tope orientativo de 120 cardenales electores (aquellos menores de 80 años con derecho a entrar en el Cónclave). No obstante, al tratarse de una norma de derecho positivo emanada de la suprema autoridad, el Sumo Pontífice puede derogarla de facto simplemente nombrando a un número superior.
Así ocurrió en el último cónclave, donde participaron 133 cardenales electores de un total de 135 convocados (con dos ausencias por motivos de salud y la exclusión formal del cardenal Angelo Becciu). Desde aquel momento hasta hoy, el paso natural del tiempo ha reducido la cifra: 19 purpurados han fallecido o han rebasado la barrera de los 80 años, dejando el cuerpo electoral en 116 miembros.
A primera vista, un colegio con 116 electores se encuentra cómodamente cerca del umbral de los 120. En el horizonte del próximo año natural, una docena adicional de purpurados alcanzará el límite de edad, lo que reduciría el grupo a 104 electores.
Este calendario numérico alimenta la discrepancia sobre los tiempos. Mientras que Javier Martínez-Brocal se inclina por la hipótesis de la prudencia romana —sugiriendo que el Papa podría perfectamente esperar hasta finales del año próximo para formalizar un consistorio numéricamente justificado—, José Manuel De Urquidi planteó que el anuncio podría precipitarse hacia finales de este año o principios del siguiente, acelerado por una urgencia que no es demográfica, sino de autoridad ejecutiva interna.
El verdadero dilema no radica en la cantidad de purpurados, sino en quiénes ocupan los despachos clave de la Santa Sede. Históricamente, la dirección de los principales dicasterios vaticanos recaía en cardenales consagrados. El Papa Francisco flexibilizó esta práctica al permitir que arzobispos, obispos e incluso laicos asumieran responsabilidades de alto nivel curial sin necesidad de ostentar la púrpura.
Empero, en la maquinaria institucional romana la jerarquía aún pesa. Cuando un prefecto no tiene la condición cardenalicia, su interlocución con conferencias episcopales de peso histórico o con figuras de relieve político internacional puede verse condicionada por dinámicas de protocolo no escritas. Si León XIV decide adelantar la fecha del consistorio, la razón principal sería dotar de autoridad formal incontrovertible a sus colaboradores más cercanos en la Curia.
Al contrastar las listas de predicciones preparadas para este análisis, cuatro nombres emergieron con respaldo unánime entre los analistas del programa:
1. Filippo Iannone (Dicasterio para los Obispos)
Nombrado por León XIV como su primer gran relevo curial para sucederlo al frente de la fábrica de prelados, Iannone encarna la ortodoxia canónica y el rigor administrativo. Los tres analistas coincidieron en ubicarlo en la cúspide de las probabilidades. Conducir el dicasterio que selecciona a los pastores de todo el mundo sin el capelo cardenalicio resulta una anomalía que difícilmente se prolongará en el tiempo.
2. Luis Marín de San Martín (Dicasterio para el Servicio de la Caridad)
Religioso agustino español, ampliamente fogueado en el trabajo operativo del Sínodo de la Sinodalidad como subsecretario, Marín de San Martín representa la confluencia entre la sensibilidad pastoral y la experiencia curial directa. Su designación reforzaría la impronta espiritual que León XIV ha buscado imprimir en el servicio caritativo de la Iglesia central.
3. Anthony Randazzo (Dicasterio para los Textos Legislativos)
El canonista australiano recién llegado a Roma aporta un perfil técnico indispensable en un pontificado marcado por ajustes normativos, sínodos y reformas procesales. Su perfil joven y su formación jurídica de precisión lo convierten en una pieza funcional indiscutible dentro del engranaje pontificio.
4. Peter Chung Soon-taick (Arzobispo de Seúl)
A diferencia de los tres anteriores, Chung no reside en Roma, pero encarna una prioridad geopolítica de primer orden. Con Seúl designada como la sede de la próxima Jornada Mundial de la Juventud y en un contexto de crecimiento sostenido del catolicismo coreano, su inclusión fue respaldada tanto por Inés San Martín, la experta, como por Urquidi y Martínez-Brocal. El anterior arzobispo emérito de la capital surcoreana ya supera los 80 años, dejando vacante una voz de peso que represente a una de las regiones más vivas del continente asiático.
Entre la geopolítica periférica y el retorno a las grandes sedes
Más allá del consenso en torno a estos cuatro líderes, la mesa de debate evidenció las tensiones habituales que rodean cualquier quiniela vaticana. Uno de los puntos más agudos abordados por José Manuel De Urquidi y Javier Martínez-Brocal fue si León XIV optará por restaurar la tradición de premiar automáticamente a las sedes históricas (París, Milán, Bruselas, Los Ángeles) o si mantendrá el criterio impredecible de las periferias globales.
El mapa regional arroja lecturas divergentes:
América Latina y el peso de las crisis nacionales: La inclusión de Monseñor Jesús González de Zárate Salas o de figuras de templanza pastoral en Venezuela (como el arzobispo de Maracaibo, José Luis Azuaje Ayala) fue defendida por Urquidi y respaldada por Inés San Martín ante la situación política y social del país y el hecho de que el cardenal Baltazar Porras ya supera el límite etario. Asimismo, surgió el nombre de Rogelio Cabrera López en Monterrey (México), recientemente integrado al Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral.
El tablero africano: Mientras Urquidi subrayó el perfil de Andrew Nkea Fuanya en Camerún (destacando la sintonía forjada durante las asambleas sinodales y la visita papal a dicho país), Martínez-Brocal sugirió la pertinencia de mirar hacia Nigeria, el país con mayor población católica del continente, mencionando plazas determinantes como Lagos o Abuya.
El dilema anglosajón y las cuotas de representación: La posibilidad de purpurados en Estados Unidos o Australia generó debate interno. Frente a candidaturas de peso doctrinal como Anthony Fisher en Sídney, Martínez-Brocal advirtió que la presencia del propio Randazzo en Roma podría agotar la representación australiana bajo el prisma de equilibrios geográficos, del mismo modo que la saturación de cardenales estadounidenses activos enfría las opciones inmediatas para plazas como Nueva York o San Francisco.
Una decisión en soledad
En última instancia, como recordó oportunamente Javier Martínez-Brocal, la creación de cardenales constituye el acto más libre, personal y reservado de un Papa. En este terreno no rigen comités ni votaciones; el pontífice escucha a discretos interlocutores dentro y fuera de los muros vaticanos, pero la pluma que traza la lista definitiva responde a una visión de gobierno que solo él domina por completo.
A la espera de que la plaza de San Pedro sea testigo de un nuevo anuncio dominical, queda una certeza institucional: el próximo consistorio de León XIV no será un mero reparto protocolario de distinciones eclesiásticas. Será el trazo definitivo de las líneas maestras con las que este pontificado pretende consolidar sus reformas, cohesionar la Curia Romana y asegurar que el Colegio Cardenalicio esté integrado por hombres capaces no solo de elegir al futuro Papa, sino de gobernar la barca de Pedro en medio de las mareas del siglo XXI.
Para profundizar en el debate completo, los nombres alternativos propuestos por Inés San Martín y el desglose de los equilibrios diplomáticos de la Santa Sede, escucha el análisis de fondo en Descifrando a León, podcast de Juan Diego Network.
