No quería ser Santa a medias; no tenía miedo de sufrir por Dios; solo temía una cosa: que su voluntad la pudiera debilitar y por eso la entregaba a Dios y le decía: ¡Elijo todo lo que Tú quieras! Ella nos enseñó a amar a Dios como un niño con sencillez, confianza total y humildad.
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